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JACINTO VIDARTE
En la penúltima etapa mauritana, el Dakar hizo escala
en Tichit. Pero a este oasis milenario, declarado
Patrimonio de la Humanidad, sólo llegaron unos pocos.
Como siempre, y este año de especial dureza aún más,
el Dakar ha ido regando de víctimas su recorrido,
como queriendo anunciar a su paso lo extremo del desafío.
Tichit, rodeada de dunas blancas como rascacielos,
vive bajo la amenaza inexorable de la arena, más o
menos como los pilotos, incapaces a estas alturas
de hacer planes más que con algunas horas de antelación,
porque saben que la próxima trampa que encuentren
puede ser la suya. En eso precisamente, más que en
batir al rival, está concentrada la mayoría, en no
cometer un error ahora que ya han superado los dos
tercios más complicados de una prueba que se ha dejado
atrás nada menos que 11 camiones, 47 coches y 50 motos,
casi el cincuenta por ciento de los que tomaron la
salida en París, animados como nunca tras celebrar
vestidos de carreras la llegada del tercer milenio.
Pero aquí se van al traste hasta los augurios más
sólidos.
Quién le iba a decir entonces a Nani Roma que volvería
a tropezar en la misma piedra para acabar retirándose
en camilla, o quién se hubiera atrevido siquiera a
insinuar a Tibau que su aparentemente indestructible
Kamaz de 800 caballos sólo le iba a durar 2.300 metros
o, en fin, quién iba a pensar que Jordi Arcarons,
tres veces ya segundo en Dakar, iba a estar en estos
momentos obligado a respetar las órdenes de equipo,
que le condenan a acabar por cuarta vez en tan ingrata
posición justamente en su última oportunidad de ganar.
Aún peor. En el momento de la salida y a pesar del
frío que helaba los huesos de los pilotos, ni al menos
optimista se le pasó por la cabeza que no llegaría
a destino. Todos intuían entonces que este año el
Dakar celebraría el cambio de siglo con un recorrido
salvaje, pero ninguno quería pensar que él sería uno
de los perdedores. Quince días después, el 'road book'
ha hecho estragos entre los buenos, los menos buenos
y, por supuesto, entre los malos o, mejor dicho, entre
todos esos que se apuntan a hacer el Dakar como si
se tratara de otra excursión más de fin de semana.
Este raid, sin embargo, es el más duro del mundo
no sólo porque no perdona, sino también porque sólo
los que lo han acabado unas cuantas veces comienzan
a entender cómo ha de correrse y muchos, mientras
lo hacen, pierden sus mejores oportunidades. El Dakar
se corre a fondo, pero no es una carrera de velocidad;
exige a las mecánicas com si fuera una prueba del
Mundial, pero el que no cuida su máquina, se estrella;
prefiere a los mejores pilotos, pero los iguala a
los menos finos; prima la resistencia, pero exige
agresividad. Resolver una ecuación tan compleja sólo
está al alcance de unos pocos privilegiados. Por eso
en el camino se han quedado gente como Miguel Prieto,
al que le tocó dormir una noche al sereno antes de
regresar por donde vino con algo de miedo en el cuerpo,
o Manolo Plaza, que tuvo que salir como pudo del paso
del Nega, cargando su coche encima de un camión que
pasaba por allí y con el que ahora, como Prieto, se
dirige a Nouakchott, intentado salvar, por lo menos,
los muebles. La factura del Dakar siempre es alta.
Porque cuesta mucho dinero hasta salir indemne, pagando
sólo la cuenta de la participación, y muchísimo más
si tienes que salvarte por tus propios medios. Y encima,
está la factura moral. Hasta Meoni, si acaba ganando,
sabrá que todo se lo debe a Arcarons. Y a Jordi, si
por un golpe de suerte llegara a conseguirlo, le quedará
el sinsabor de no haberlo podido conseguir peleando
como le hubiera gustado. Por no hablar, otra vez,
de los que se fueron a casa maltrechos. Como ese mecánico
portugués al que le explotó una mina bajo el coche.
Definitivamente, ésta es también la carrera más injusta
del mundo. Y no sólo para lo que no han conocido Tichit.
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