'A Hollywood con las botas puestas'
Fran Villalobos
David Beckham ha decidido cambiar la alfombra roja del Real Madrid por la de 'Hollywood'. La ciudad de Los Ángeles, dormitorio de las mayores estrellas del celuloide, es el destino final del futbolista inglés. No es mera casualidad. Becks ha explotado su faceta de artista fuera de los terrenos de juego hasta convertirse en un guaperas con botas de tacos.
Su fichaje por el Real Madrid hizo temblar los cimientos del márketing y dio el pistoletazo de salida a una nueva era en el club de Concha Espina. Florentino Pérez había logrado el diamante que le faltaba a la corona del escudo madridista ganándole la partida a Laporta, quien prometió que el rubio del Manchester centraría desde la banda derecha del Camp Nou con él afincado en el palco.
El idilio entre Beckham y el Madrid se inició, como todos los matrimonios, con ilusión y buenos deseos. La máquina de hacer dinero se había puesto en marcha y el fútbol con olor a linimento pasó a un segundo plano. Lo importante eran los actos, los patrocinios y las giras por Asia para explotar al jugador objeto que debía triunfar en el Bernabéu.
Las beneficios económicos confirmaron el negocio de Beckham desde el principio, pero el rendimiento sobre el campo y el número de títulos conseguido por el inglés vistiendo la camiseta blanca tampoco engañan. Cero en cuatro años. La etapa de Becks en el Madrid estaba acabada y el jugador ha hecho lo mejor para su carrera... cinematográfica, pese a que el Madrid se aferró a última hora a mantener al inglés a la baja para conservar un pellizco importante de su patrimonio.
Beckham se marchará del Real Madrid sin triunfar después de cuatro temporadas irregulares. Ni sus centros con el guante diestro, ni sus lanzamientos de falta fueron los mismos que gozaron en Old Trafford. El ex capitán de la selección inglesa destacó más por sus cambios de look y sus firmas de autógrafos que por su calidad futbolística. Y no es porque Becks no le pusiese al asunto la entrega típica de cualquier jugador británico aguerrido. Quizá, como reconoció George Best antes de morir, su belleza (y la de su famosa mujer) también le impidió ser mejor jugador de fútbol.
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