
- JOSÉ LUIS HURTADO
Nuestra formación educativa y deportiva durante décadas incluía una asignatura que no venía en el plan de estudios: ver ganar a Italia de todas las maneras posibles, por lo civil o por lo criminal, que diría Luis Aragonés.
Veías un partido de baloncesto y no faltaba un clásico, Dino Meneghin, que le clavaba la nariz a Fernando Romay en cada rebote y luego fingía un golpe del español, que se llevaba la falta personal porque la mirada de un mito valía más que la queja de un gallego. Cuando se visitaba una cancha en Italia los partidos igualados duraban 40 minutos y un ratito más porque al reloj le entraban ganas de ir al baño.
Los más listos
Ponías la televisión en unos Juegos Olímpicos y en la pista de atletismo, entre musculaturas de acero inoxidable, aparecían tirillas como Pietro Mennea o Alberto Cova, que se llevaban medallas a pares. Y si mirabas el salto de altura Sara Simeoni te hipnotizaba como si fuera Anna Magnani.
Si te interesabas por el ciclismo explicaban que Italia se dividía entre los fanáticos de Moser y los de Saronni, dos velocistas que se jugaban la patilla en sprints y etapas crono. Tanto, que el Giro, por lo que sea, se olvidó durante años de incluir grandes etapas de montaña. Para listos ellos.
Le seguimos dando vueltas a cómo España perdió la final de waterpolo ante Italia en los Juegos de Barcelona. Durante el resto del verano, era imposible meterse en una piscina y no hablar del maldito partido de las piscinas Picornell que hizo llorar a Estiarte.
Y para los que sabían de esquí, Alberto Tomba era lo máximo, una bestia con cuerpo de lanzador de martillo, capaz de comerse bolas de nieve y puertas. Por si quedaba algún resquicio, en la moda se nombraba a Armani, sinónimo de elegancia, pero en El Corte Inglés te compraban un Lloyd's.
La gran traición
Y el fútbol, por fin. Las camisetas de Juve, Inter y Milan con aquellas rayitas finas. Y el tamaño y el color rosa de La Gacheta (La Gazzetta). Y lo bien que sonaba 'catenaccio'. Y vimos ganar a Italia un Mundial antes que a España. Sucedió en el 82 cuando Gentile se metió dentro de la camiseta de Maradona y Rossi cerró el carnaval brasileño; cuando Tardelli celebró un gol con un barril de éxtasis; cuando Pertini en el palco era el abuelo que no conocimos.
Por todo eso y más, a los españoles nos ponía y pone especialmente ganar a Italia. Muchos la queríamos clasificada. Unos porque la tienen como segunda selección; otros, porque no hay nada mejor que derrotarles. Ahora Italia navajea su propia historia. Ni siquiera funcionó poblar el banquillo con ídolos de todas las líneas. Tres Mundiales sin himno italiano son demasiados. Con balón, Italia ya no es Italia.
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