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Paquito Navarro es, por derecho propio, una leyenda viva del 20x10. A sus 37 años, el sevillano ha vuelto a demostrar que la edad es solo un número tras escalar esta semana hasta el sexto puesto del ranking FIP. Aunque los títulos se le resisten en los últimos meses, su impacto en el juego sigue siendo incuestionable. En una charla sincera para ‘Bullpodcast’, el jugador andaluz echó la vista atrás para analizar una trayectoria marcada por el éxito, la exigencia extrema y algún que otro arrepentimiento que hoy ve con otros ojos.
El "Huracán del Barrio de los Remedios" alcanzó la gloria máxima junto a Juan Lebrón, una unión volcánica que terminó cuando todavía reinaban en lo más alto. “Nos precipitamos en la decisión. Siempre le estaré eternamente agradecido”, confesó Paquito. Para él, coronarse como número uno fue quitarse una losa de encima tras años de persecución: “Más que una alegría, fue un alivio. Llegué a pensar que nunca iba a poder serlo. Por suerte y gracias a Juan, pudimos hacerlo”.

Sobre aquella etapa histórica, Navarro recordó cómo fueron los arquitectos de un cambio que revolucionó el pádel moderno: mover a Lebrón a la derecha. “Nos llamaban locos, pero descubrimos a un absoluto fenómeno. Marca más diferencias en el drive”, explicó. Eso sí, no ocultó lo que supone compartir pista con el gaditano: “Con él puedes aspirar a todo, pero te somete a un nivel de ambición y exigencia que hay que aguantarlo. Es el ying y el yang”.
Su único arrepentimiento
En un ejercicio de honestidad poco común en la élite, Paquito reconoció que, si pudiera volver atrás, cambiaría ciertas actitudes: “Me hubiera gustado ser mejor compañero. Es posible que por momentos no haya podido transmitir bien mi carácter”. El sevillano no esquivó los episodios más recientes, haciendo alusión a su comentada reacción en el último torneo: “Ojalá volver a la semana pasada y no haber lanzado la pala al foco”.
Pese a esos impulsos, Navarro sacó pecho de su integridad deportiva, asegurando que nunca ha cruzado “líneas rojas” y que su mayor virtud ha sido siempre “saber pedir perdón cuando acaba el partido”. Una faceta humana de una leyenda que, más allá de los trofeos, sigue conservando lo más difícil de conseguir en este deporte: el cariño incondicional del público.
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