José Mourinho fue héroe del madridismo antes incluso de pisar Chamartín como entrenador del Real Madrid. La temporada previa a su fichaje, al mando del Inter de Milán, firmó una de esas gestas que se celebran en silencio en la capital: dejó en la cuneta al Barça de Pep Guardiola e impidió que los azulgrana disputaran la final de la Champions en el Santiago Bernabéu. Solo imaginar al eterno rival levantando la Orejona en Concha Espina era una pesadilla para ellos. Mourinho la evitó. Y ahí empezó todo.
Ya entonces había dejado frases para la hemeroteca, como aquel dardo tras la expulsión de Asier del Horno señalando a Lionel Messi: “En Barcelona tenéis teatro del bueno”. En medio de la sensación de inferioridad blanca ante el mejor Barça de su historia, el autodenominado 'Special One' se convirtió en símbolo de resistencia, en el líder dispuesto a romper la hegemonía azulgrana desde la confrontación directa y a pecho descubierto. En ocasiones, de tensar tanto la cuerda... se acabó rompiendo.
Su particular jaula de oro
Así las cosas, han pasado 4.652 días desde su última noche en el banquillo del Bernabéu, aquella despedida ante Osasuna en la jornada 38 de la Liga 2012/13. Y su regreso no podía ser surrealista. Volvía como rival, marcado por la expulsión sufrida en la ida en Da Luz. Ni siquiera pudo sentarse en el banquillo y condenado a vivir el partido desde una cabina, aislado, vigilado, convertido casi en espectador de su propia historia. Su particular jaula de oro.
El balón comenzó a rodar, pero el foco no estaba en el césped. El ruido se trasladó a la planta 8 del estadio. A la tribuna de prensa. A un pasillo estrecho convertido en romería. Más de 30 periodistas aguardaban la entrada de Mourinho, y el acceso principal fue vetado para evitar una imagen aún más caótica. Durante varios minutos dio la sensación de que el técnico era más protagonista que el fútbol. O al menos que el propio Real Madrid–Benfica en el que estaba en juego el pase a octavos.
Mou engañó a todos y vio el partido desde el autobús
La cabina 6, junto a Onda Madrid y Benfica FM, fue el lugar designado para seguir el encuentro, el mismo espacio que ocupó Hansi Flick en el último Clásico. Un cubículo frío para un personaje incapaz de ser indiferente. Pero Mourinho no apareció. Pasaron los minutos. Llegó el gol de Rafa Silva que igualaba la eliminatoria. Después, el tanto de Aurélien Tchouaméni. Y nada. La puerta seguía cerrada. La expectación, intacta con decenas de periodistas apuntando con su móvil a la cabina.
El surrealismo alcanzó su punto máximo cuando la UEFA intervino para prohibir que se grabara al portugués. Blindado, invisible, casi clandestino en el estadio donde fue amado y discutido a partes iguales. Fue un retorno incómodo. Y, sin embargo, profundamente coherente con el personaje. Porque si algo ha acompañado siempre a Mourinho es el ruido. Incluso cuando no aparece. Porque Mou, 'The Special One', engañó a todos y vio el partido desde el autobús.

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