EL RALLY MÁS DURO DEL MUNDO ECHÓ EL CIERRE EN EL LAGO ROSA DE DAKAR
"En recuerdo del Dakar que se escapó por poco"
El Lago Rosa es como una pesadilla. Todo el mundo pierde la cabeza por verlo y yo, por más que lo miro, no veo el rosa por ningún lado. El año pasado me parecía marrón. Este año, de un color incalificable. Es el peor día del Dakar, con diferencia. La entrada es como Ciudad de México, un caos. Tíos disfrazados de monos, vendedores más pegajosos que las sanguijuelas y chiringuitos de caña donde los VIP se refugian del sol entre copa de champán y canapés de dudoso sabor. Es como una obra circense en medio de Senegal. Y nadie quiere perdérsela.
Espero a Carlos Sainz antes de la rampa de llegada. Y termina un poco cabreado. “Vaya desastre de etapa”, dice. La salida lanzada le arruina una victoria fácil. “Era un caos”. Hubiese sido un buen final de fiesta. Pero Carlos sonríe después. “Nos vamos a casa Alberto”, me dice. Carlos está feliz. Más que el año pasado. Y le reprendo por su actitud más distante en su primer Dakar. “Este año se te ve distinto, mucho mejor, más integrado”, le comento. “¿Sí?”, pregunta inquieto. “Pues yo creo que no. Lo que pasa es que el año pasado yo andaba por aquí más perdido que un submarinista en un lavabo. ¿Tú crees que he cambiado?”, continúa, extrañado. “Por supuesto”, le respondo. Y sí, desde fuera lo ha hecho. Se comenta por el vivac. Lo sentimos los que lo ‘sufrimos’ cada día. Carlos bromea con todos, nos trata como si fuésemos amigos de toda la vida. Incluso me vacila. “Pareces todo un dakariano con esas barbas”. “Es que me he dejado la cuchilla en casa”, contesto.
Luego hablamos del coche. Y nos invita a subir. “Yo no entro, seguro”, le aviso. Pero mi cuerpo se encaja perfectamente en el asiento. “Echa el culo para atrás, verás como sí entras. Si más o menos somos iguales”. Efectivamente. “Pisa el embrague”, me ordena. Me sorprende lo cómodo que voy. Podía coger este coche sin ajustar las casi mis medidas. “Lo único es que el volante está un poco bajo”, le aclaro. Y después le saco la placa de mi coche, el Volkswagen Touareg número 916. Carlos empuña el rotulador y me dedica unas palabras. Lo hace con cariño, midiendo lo que quiere rubricar. Al fin y al cabo, somos del mismo equipo. “Para mi amigo Alberto, en recuerdo de este Dakar que compartimos con ilusión y que se nos escapó por poco...”, reza la dedicatoria. Parece que fuera su copiloto.
Carlos amenaza con regresar al desierto. “Y el día que gane voy a montar una sorpresa aquí que no ha hecho nadie”, revela. “Entonces, tendré que estar para contarlo”, le comento. Y se ríe. “¿Te dejará tu mujer ahora que vas a ser papá?”, me suelta a carcajadas.