GAJES DEL OFICIO EN UN RALLY QUE PONE A PRUEBA EL FÍSICO
Carlos paga con el primer moratón
Poco antes de pasar por Karrandou, un pueblo del Atlas ubicado a unos 50 kilómetros de Errachidia, el final de etapa, nos enteramos por radio de que los Volkswagen andan parados en un arcén para estirar la piernas. Y allá que vamos. De Villiers y Sainz, los dos primeros, se bajan del coche justo cuando aparcamos el carro levantando un vendaval de polvo. Carlos encara un muro de adobe para soltar lastre y al volverse me ve. "¡Hombre! ¿qué haces por aquí?", exclama. "Ya ves, paseando", le digo, bromeando. Estos tíos, cuando se bajan del coche, parecen abducidos por extraterrestres. Me pega un abrazo mientras recupera el resuello y le felicito por el liderato. Y al robarle una foto se atusa las canas y refunfuña. "Es que luego me sacas mal", exclama, echa un vistazo de rigor al motor desnudo, se aupa al zulo que es la cabina de una nave de éstas y se larga. "Nos vemos en el vivac", se despide. Minutos después aterriza por allí Vatanen, que se maneja con torpeza para escapar de las barras. Ari se ha hecho mayor. Tanto que le dan una Coca Cola se vuelve a meter dentro para largarse y se la olvida fuera. Otro abducido, vamos.
Nosotros, que vamos casi de paseo, llegamos tarde, mal y nunca. A la entrada de cada vivac, los comisarios nos sacan la primera tarjeta amarilla del rally. Cada vez que entras o sales, tienes que fichar como en los ministerios. Conectan un aparatito al GPS y te sacan si te has pasado de la raya con el acelerador y hasta si tienes una caries. Pues ayer nos hicimos unas cuantas derrapadas. "A la siguiente...", amenazan. A pagar. Y las nóminas no están para pegarles mordiscos.
En el vivac busco a Carlos, que ‘aburre’ a sus mecánicos. Es tan perfeccionista que en el equipo se piensan, como su director, Kris Niessen, que tiene mala leche. Es un inconformista. Y un comodón. "Tú que estás fuerte y estás en el equipo, anda, ayúdame a bajar mi maleta", ordena. "No tienes morro", le digo, pero luego me acuerdo de que tiene el hombro fastidiado y le echo una mano. También la tibia. Se remanga la pernera izquierda y me enseña un moratón. "Me he dado un leñazo que no veas". No es de extrañar. En estas explanadas parecen cultivar piedras. Y Carlos, que no tuvo ningún incidente en carrera, se comió una, para variar. Las trampas en estos lares no perdonan a nadie.