ALBERTO GÓMEZ NOS CUENTA LAS DESVENTURAS DEL DAKAR

El muro, el polvo y los riñones al jerez

Alberto Gómez · Zoureat
Pasamos el muro. De milagro, pero lo pasamos, porque fuimos en plan rally para llegar a la aduana y que nos sellaran los pasaportes. Y eso que no dormimos ni una hora en el ‘vivac’. Caían trozos de hielo. No sé que tiene el frío del desierto pero es inhumano por la noche. Luego, se hace el día y el sol aprieta sin misericordia. Y claro, el constipado es el mal endémico en esta especie de caravana de nómadas en que se convierte el Dakar.

La etapa de ayer fue un maratón para todos. Sin dormir apenas una hora, con un total de 800 kilómetros, la mitad por caminos de cabras envueltos en auténticas borrascas de polvo, da igual ir de carreras, de turismo o en un coche de asistencia o prensa. Todos terminamos con la cara hecha un poema. Yo, además, empiezo a tener los cuartos traseros algo tocados. Ya me lo avisó Roberto Palomar. Puedo sentir en mis carnes las dolencias típicas que te deja un coche del Dakar y de las que siempre lamentan Sainz o Roma. Para más inri, el sillón de competición que llevamos en el coche debe estar hecho con el molde de un modelo de Dior porque a mí me deja los riñones al jerez. Ya le he pedido turno en la consulta al doctor Mir, que me ha dicho que me dará algo porque si no, no terminó el Dakar derecho.

Lo bueno es que he visto ‘touaregs’ y manadas de cientos de camellos pastando la famosa hierba que tanto odian los pilotos de motos y que ayer noqueó a Despres. Y hemos rodado 400 kilómetros sin ver una casa.


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