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Tadej Pogacar ya tiene Romandía. Otro territorio abrochado, otra casilla marcada en ese mapa imposible que el esloveno va coloreando con una naturalidad que asusta. Cambió el ruido de las clásicas por el gobierno de una vuelta por etapas y el resultado fue el de casi siempre: victoria, autoridad y la sensación de que el ciclismo actual vive pendiente de sus próximos caprichos. En Suiza no ganó sólo una carrera. Se acercó a un reto que ni siquiera Eddy Merckx pudo completar: conquistar las siete grandes vueltas de una semana del calendario.
El Tour de Romandía era terreno nuevo para él, y eso, en su caso, nunca suena a amenaza sino a estímulo. Llegaba de una primavera de colección —Strade Bianche, Milán-San Remo, Flandes, Lieja y un segundo en Roubaix que a otros les valdría como título de temporada— con cinco días de piernas antes de Romandía y esa sensación de dominio total que ya resulta casi incómoda de ver. Luego tocaba cambiar de chip: dejar atrás las piedras, los muros y los Monumentos para meterse en el control diario de una carrera por etapas. Lo hizo sin bajar el pulso. Como si el calendario fuera suyo y los demás sólo pudieran discutirle los márgenes.
Con Romandía en el bolsillo, suma una pieza más a una colección muy particular. Ya tenía la Tirreno-Adriático —por partida doble—, París-Niza, la Volta a Catalunya y el Dauphiné. Ahora mete Romandía y le quedan dos para cerrar el pleno de las grandes semanas: el Tour de Suiza y la Itzulia. La primera aparece en el horizonte inmediato, como ensayo antes del Tour de Francia. La segunda, la ronda vasca, es la cuenta pendiente que peor encaja en su agenda mientras siga siendo devoto de Flandes y Roubaix.
La dimensión del reto se entiende mejor mirando hacia atrás. Merckx lo ganó casi todo, pero este círculo se le resistió. La Tirreno-Adriático nunca cayó en sus manos, y la Itzulia moderna estaba fuera de su época en el calendario WorldTour. Roglic es, hasta ahora, el gran especialista del género: París-Niza, Tirreno, Catalunya, Itzulia, Romandía, Dauphiné. Sólo le falta Suiza. Pero Pogacar juega a otra cosa. No colecciona por acumulación sino por expansión. Cada victoria le abre una habitación nueva en la historia.
Y ahí asoma Jonas Vingegaard, el otro nombre que no puede faltar. El danés también persigue ese pleno y partía con cierta ventaja en esta carrera invisible: tiene París-Niza, Catalunya, Tirreno, Dauphiné e Itzulia. Le faltan Romandía y Suiza. Este año no tocará el terreno helvético porque su hoja de ruta pasa por el Giro, pero el pulso sigue abierto. Como en el Tour. Como en casi todo lo que importa.
Pogacar, mientras tanto, sigue ensanchando el campo de batalla. Ya no le basta con ganar Monumentos, grandes vueltas o Mundiales. También quiere poseer esos territorios intermedios donde se mide la regularidad, la recuperación y el mando diario de una carrera. Romandía es la última señal. El esloveno no sólo gana carreras. Las convierte en escalones hacia algo que todavía no tiene nombre.
Cierra la semana con un póker
Pogacar cerró su victoria en Romandía con su cuarto triunfo de etapa. El campeón del mundo abrocha su primer triunfo en la prueba suiza con victoria en Leysin (14,3 km. al 5,9%). Controlada la escapada durante toda la jornada, todo se decidió en el puerto de primera que cerraba la semana y, como casi siempre, Pogacar impuso su ley.
Finn Fisher-Black que vivió todo el día en fuga, lanzó un último ataque en solitario, y llegó a tener 30 segundos, pero UAE encendió la picadora y neutralizó su tentativa. Pogacar se lanzó y por la victoria con un Lipowitz peleón, pero que como siempre en este Romandía terminó cediendo para que Pogacar cerrara el póker.
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