AUSTRALIA 2000
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Gronholm puede heredar la corona de Makinen
Alberto Gómez

El imperio del Mundial de Rallyes extiende sus dominios cerca del círculo polar, allí donde las noches son perennes, como las hojas ahusadas de las coníferas que miran desde lo alto a la tundra. Allí donde el frío reina parecen nacer los mejores talentos del automovilismo. Hakkinen en Fórmula 1, el tetracampeón Juha Kankkunen, el último rey del Mundial, Tommi Makinen... La genética de todos ellos parece haber sido congelada en probetas de cristal. En el hielo, el caldo de cultivo donde fertilizan su DNA los mejores pilotos de coches del mundo. El último invento es Marcus Grönholm.
En las antípodas demostró estar a la altura de sus compatriotas y venció -tras la descalificación de su paisano Makinen-, dejando en segundo plano a un Richard Burns que se aleja en el horizonte de la clasificación a nueve puntos. Grönholm además ha hecho grande a Peugeot y le ha dado su tercer título de marcas en la historia de los rallyes.
Sainz y McRae ya son pasto del recuerdo. Pero Grönholm no es sólo un invento. Es una necesidad para un país donde el frío es un ciudadano más de a pie al que sortear a base de derrapadas, contravolanteos y acelerones. Para no romper la cadena que desde hace décadas viene uniendo el sentir de todo un país, Grönholm tiene la oportunidad de alzarse con la corona del Mundial. El rey aún es Makinen pero si Marcus consigue al menos la quinta plaza en el RAC, de nada le servirá el esfuerzo por ganar a Burns. El trono será de Grönholm. Mientras Makinen prepara su abdicación a la sombra, el príncipe Grönholm se frota las manos... y no precisamente para matar el frío.

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